Infancia postergada

“Dra.
Marian, me llamo Juan y soy un niño de 11 años, que como los demás estoy
encerrado hace mucho tiempo en mi casa.
No
entiendo nada de lo que está pasando, porque escucho por tv, radio y el
internet muchas cosas. Además, mis padres comparten información por el Whatsapp
con memes y cadenas.
Veo
que hay hospitales llenos, enfermos que sufren y muertos por las calles. Mi
hermanita se ríe porque cree que son zombis, no entiende, es pequeña. Pero Yo
estoy entendiendo que algo anda muy mal afuera, y lo peor no sé a quién
creerle. Pero yo quiero saber. Tengo derecho a estar informado
La
semana pasada comenzaron mis clases y debo compartir la computadora con mi papá,
a veces no hay red y no recibo mis clases, Mi mamá dice que no importa y que
lea un libro, pero a Mi si me importa aprender. Tengo derecho a la educación.
A veces tengo que consolar a mi mamá porque
piensa que se va a morir, y luego ya ni tengo tiempo para jugar, porque mis
padres aparte de discutir por el dinero a veces se han golpeado. Digo. ¿No
tengo derecho a una vida tranquila, un hogar con bienestar y a jugar?
A los
padres solo les pido que nos den lápices y colores, que nos dejen jugar,
enseñarnos a cocinar algún plato, a limpiar juntos el dormitorio, escuchar
música, bailar, comer juntos y compartir tiempo de calidad, leer, bailar en la
sala DÈJENNOS SER NIÑOS…verán que no es tan difícil.
Explíquennos
con paciencia y amor qué pasa, pregunten cómo nos sentimos. Pero no desfoguen
en nosotros su ira y su violencia. Soy tu hijo, soy un niño. No está bien que
me maltrates.
Si
nos escucharan un poco más, si dejaran de pensar que somos invisibles el mundo
sería... ¡MEJOR! “ (carta de Juan, un niño de once años).
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La
declaración del estado de alarma ante la pandemia de la COVID-19 indica claramente
que no se puede salir a la calle. Entre las excepciones que se vienen dando no se
ha contemplado a los niños, lo que afecta directa y negativamente al ejercicio
de sus derechos.
Efectivamente,
sobre el tapete está en vista los derechos del niño; es decir, el reconocer al
niño como sujeto titular de derechos tal como establece la Convención sobre los Derechos del Niño.
Olvidan este
importantísimo concepto quienes piden la salida a la calle de los niños como
“necesidad” para aliviar el estrés del aislamiento.
No se trata
tanto de una cuestión de pura conveniencia del ejercicio de un derecho
fundamental de los niños, sino garantizar la salud y la seguridad de todos.
La discusión gira en
torno a la titularidad y protección de los derechos humanos y las garantías que
han de darse para su ejercicio por los niños, quienes, por ser una población
vulnerable, merecen de una especial protección que no debe bajar la guardia en
tiempos de aislamiento. “los niños están
aislados, sus derechos no”.
Es cierto
que, la libertad de circulación no es el único derecho de los niños que se ve
afectado en la actual situación de emergencia sanitaria.
De ello ha
advertido el Comité de los Derechos del Niño: el grave efecto físico, emocional y psicológico de la pandemia
de la COVID-19 sobre los niños, e insta a los Estados a proteger los derechos
del niño adoptando medidas que específicamente los tengan en cuenta, sin que
sea suficiente –ni adecuado– encerrarlos en la normativa general aprobada para
el estado de alarma.
El derecho a
unas condiciones de vida dignas en cuanto a alimentación, vivienda, acceso a
servicios esenciales como los de salud o los servicios sociales, el derecho a
la educación (incluyendo el acceso a internet), el derecho al juego, al ocio,
al esparcimiento y a la realización de actividades recreativas, el derecho a no
ser objeto de ninguna forma de violencia, especialmente en el hogar, o el
derecho a ser informado sobre la situación y a ser escuchado, son algunos de
los derechos de los niños directamente afectados por la situación surgida de la
declaración de estado de alarma, que incluso puede agravar la situación de
especial vulnerabilidad en la que ya se encuentran determinados colectivos:
niños con discapacidad, niños migrantes, entre otros.
Las condiciones de vida de todas las personas se han visto abruptamente alteradas por la pandemia, pero, de nuevo, no olvidemos poner el foco específicamente en los niños y en sus derechos.
"Ver sufrir a los niños hace mal al alma porque los niños son los predilectos de Jesús. No podemos aceptar que se les maltrate, que se les impida el derecho a vivir su niñez con serenidad y alegría, que se les niegue un futuro de esperanza"
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